Este 24 de septiembre celebramos 201 años de crecimiento y progreso. ¡Viva Santa Cruz! Un crecimiento que es celebrado en la Feria invitando a modelos extranjera famosas, famosas por su físico que no por su aporte intelectual… Un crecimiento que fue resaltado y bendecido en la catedral con las palabras del cardenal, Julio Terrazas…
Sin embargo, no parece que todos tengan la misma forma de festejar y de celebrar un aniversario más. Fundamentalmente dos hechos me llamaron la atención en la celebración del Te Deum (que no era Misa, aunque en algunos medios así se menciona por desconocimiento frecuentemente de la liturgia católica). El primer hecho que invita a la reflexión fue la presencia, como siempre, de las autoridades que, ya sean de uno u otro credo religioso, se hacen presentes porque la diplomacia y el protocolo así lo exigen… Al terminar la celebración, el Cardenal se acercó a saludar, entre otros, al presidente del Comité Cívico, quien pocos días antes había declarado públicamente “persona no grata” al presidente del estado plurinacional… Aun cuando en su homilía el Cardenal mencionó que la “ley del cruceño” es la hospitalidad, y aun cuando se habló de no ser excluyentes, parece que el comité cívico no acaba de aceptar ese mensaje cristiano, y algunos se erigen en jueces de sus hermanos… El cruceño no es excluyente, pero excluye al primer mandatario de Bolivia, y además otros políticos afirman que no asistirán a un acto de homenaje a Santa Cruz si está presente el presidente…
No es fácil entender cómo se compagina ese discurso todavía beligerante, con la presencia en un acto litúrgico, en la catedral, postrados ante el Santísimo Sacramento. Sería bueno releer el evangelio cuando Jesús nos dice: “Y cuando se pongan de pie para orar, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que el Padre de ustedes, que está en los cielos, les perdone también sus faltas” (Mc. 11:25). Sería bueno que fuéramos eliminando esa dualidad -¿doble moral?- entre el discurso político y el religioso. Cuando celebramos la Eucaristía nos deseamos la paz, pero luego…, volvemos la espalda a quien le dimos la mano.
El segundo hecho que me impactó fue la preocupación del Cardenal por los hermanos indígenas que marchan por el Tipnis en defensa de la Madre Tierra. Y es que esa marcha se ha convertido también en un llamado de atención para todos, para políticos, para madereros; para empresarios -¡cómo no!- que lucran con el contrabando de la madera y para quienes viven en pobreza, para periodistas y medios de comunicación -¡qué poco se interesaban anteriormente por los indígenas!- y para el ciudadano de a pie que no conocía mucho sobre la existencia de tantos pueblos indígenas…
Es una preocupación digna de alabanza, pero esa misma preocupación de la autoridad eclesiástica hacia los sectores más oprimidos y minoritarios -los indígenas- nos habría gustado verla y oírla cuando, quienes ahora se proclaman defensores de los derechos humanos y de la vida, asaltaron y saquearon la sede de esos indígenas que ahora marchan en defensa del Tipnis… Nos habría gustado oír un pronunciamiento de condena cuando, muchos tal vez de los que estaban esta mañana en la celebración litúrgica, aplaudían a los “jóvenes valerosos” que entraron en la catedral para hacer repicar las campanas… Es cierto que hay que saber perdonar -son éstas las palabras que he citado del evangelio de Marcos- pero no menos cierto es que hay que saber denunciar a unos u otros, sean del color que sean y de la clase social a la que pertenezcan, cuando no se actúa con esa justicia que es condición para la paz…
Bueno es asistir a un acto religioso, ciertamente. Pero mejor es trabajar para llevar esa religiosidad a la vida cotidiana y poder exclamar entonces: ¡Felicidades Santa Cruz!
Santa Cruz
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