domingo, 22 de mayo de 2011

BEATO JUAN PABLO Y SAN ROMERO DE AMÉRICA

Desde el Vaticano nos llega una noticia que puede ser de alegría para muchos católicos, pero que en Latinoamérica no deja de ser una sorpresa… Se anuncia que el 1º de mayo el papa Benedicto XVI beatificará a su predecesor, el papa Juan Pablo II. Según las normas de la Iglesia católica para proclamar beata a una persona  -es decir, digna de ser imitada-  tiene que haber realizado algún milagro que haya sido comprobado… Y el milagro que se atribuye a Juan Pablo II es la curación de una religiosa que sufría de altzeimer, la misma enfermedad que tanto le afectó al papa.

Sin embargo, en nuestra América Latina tenemos el ejemplo  -entre otros-  del obispo de San Salvador, hombre valiente, dedicado a la defensa de los campesinos, luchador a favor de los derechos humanos y que fue asesinado un 24 de marzo de 1980, hace ya 31 años… Obispo y pastor, que tuvo el valor de denunciar los atropellos que cometía el ejército apoyado -logística y financieramente-  por el gobierno de los Estados Unidos, contra el que lanzó duros ataques en sus homilías en la catedral.    

En el año 1977, el general Carlos Humberto Romero asumió la  presidencia de El Salvador, a través de un fraude electoral; el abuso en contra de los campesinos era cada vez más notorio y descarado; la dictadura aplastaba a los campesinos y les robaba las tierras, pero no faltaba el grito del pastor religioso que levantaba la voz “en nombre de los sin voz”. Ese fue el obispo Romero, desde su compromiso cristiano con su pueblo, quien afirmaba: “Conocer los mecanismos que engendran la pobreza, luchar por un mundo más justo, apoyar a los obreros y campesinos en sus reivindicaciones, ése es el papel de la iglesia”.

Pero para quienes habían amasado fortunas acumulando tierras y desalojando a los campesinos, el mensaje de Monseñor Romero era subversivo. Incluso llegaron a convencer a otros obispos salvadoreños para que hicieran callar a su hermano en la fe.  Monseñor Romero denunció entonces la actitud de algunos obispos salvadoreños y escribía en su diario, el 17 de julio de 1979: “Me preocupa la radicalidad de algunos hermanos obispos contra mi actuación pastoral. No desean que siga adelante. Me da lástima pensar que no sean sensibles a la situación del país y que sientan más a gusto una pastoral que no tienda a liberar a nuestro pueblo”.

La denuncia en contra de los militares que perseguían y asesinaban a los campesinos se volvió cada vez más vehemente: “Si queremos que cese la violencia y que cese todo ese malestar, hay que ir a la raíz. Y la raíz está aquí: la injusticia social”. Sin embargo, ir a la raíz no era agradable para quienes estaban enraizados en el abuso y la prepotencia.  Cada vez más la crítica y la persecución se manifestará en contra de la iglesia de los pobres, de esa iglesia llamada también del “Tercer Mundo” aun cuando para algunos que no entienden la esencia del cristianismo sea denigrante y ofensivo hablar del tercermundismo: “La persecución  -dirá Monseñor Romero-  es una nota característica de la autenticidad de la iglesia; una iglesia que no sufre persecución (...) ¡tenga miedo!, porque no es la verdadera iglesia de Jesucristo”. 

Y porque Monseñor Romero no tenía miedo, por eso el 23 de marzo de 1980 lanzó su mensaje por última vez. Fue tan clara su denuncia y tan valiente su palabra profética que al día siguiente lo acalló la bala asesina del matón a sueldo contratado por el gobierno. “Yo quisiera hacer un llamamiento    -proclamó en la homilía del 23 de marzo-   de manera especial a los hombres del ejército, a la guardia nacional, a la policía... Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y, ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice ‘No matarás’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios... En nombre de Dios, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”.

Este valiente y ejemplar obispo no ha merecido la atención de Roma para que sea elevado a los altares, como ejemplo a ser seguido tanto por los cristianos como por sus hermanos obispos. ¿Será que resulta más fácil beatificar a quien sanó a una religiosa. que a quien dio su vida por sus hermanos cumpliendo la palabra del evangelio “si a mí me persiguen, también a ustedes los perseguirán”?  Por suerte, en Latinoamérica no han faltado voces valientes, solidarias con Mns. Oscar Arnulfo Romero; otro obispo católico, Pedro Casaldáliga, desde el Matto Grosso, en Brasil, le otorgó el título que esperamos algún día sean capaces de reproducir en el Vaticano, declarándolo SAN ROMERO DE AMÉRICA:

“San Romero de América, pastor y mártir nuestro!
Romero de la paz casi imposible en esta tierra en guerra,
Romero de la Pascua Latinoamericana....
América Latina ya te ha puesto en su gloria de Bernini…
San Romero de América, pastor y mártir nuestro:
Nadie hará callar tu última homilía!”

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